CONFESARSE EN PLENO SIGLO XXI

COnfessionCarEso de acercarse a un sacerdote para compartirle las cosas malas que he hecho y mis debilidades no suena tan fácil que digamos.  Confesarse suena difícil.  De hecho la solución fácil es no confesarse. Pero ¿será eso una solución o tan solo una excusa?

Algunos hemos experimentado eso de dejar caer el peso de nuestros hombros.  Librarnos de culpas y tristezas no es algo tan pasado de moda.  De hecho, la psicología nos invita a entrar en armonía con nuestra historia.  Al parecer, buscar la paz no es del todo tan mala idea.  ¿Qué hago entonces?imagescapezzo5

Lo primero, actualizar mi vocabulario.  Desde hace un tiempo en la Iglesia se emplea la palabra “reconciliación” para hablar del sacramento que hemos conocido como “confesión”. ¿Por qué la nueva palabra?  Porque el término confesión pone el centro en los pecados, el eje ha sido “vomitar” mis debilidades, mientras que “reconciliación” ubica el perdón de Dios y su amor como la clave de ese momento.

Cuando hemos tenido duras jornadas nuestro cuerpo suda y acumula suciedad.  Lo común es  bañarnos para solucionarlo.  También tenemos momentos de debilidad, situaciones en las que nos hacemos daño e incluso lastimamos a las personas que están a nuestro alrededor. Es nuestro interior el que sale herido y necesitamos algún tipo de limpieza. Hemos pecado y justamente necesitamos reconciliación.

3718830750_a0d4c4d4a2Para acercarnos a ese momento necesitamos dos actitudes: humildad y deseo de cambiar.

La humildad nos dice que algo no anda bien y debemos hacer algo para que eso cambie.  Se opone al orgullo, que aplasta cualquier intento de mejorar, con el pretexto de que tengo todo bajo control y se debe hacer a mi manera.  El deseo de cambiar es el motor que empuja a transformar lo que no da vida. Cambiar el mal por el bien.  En el lenguaje clásico nos referimos a la “conversión”.

Sin estas dos actitudes tendré un sinfín de pretextos para no acercarme a la reconciliación.  Evito verme interiormente, por temor a lo que pueda encontrar.  Evito pedir perdón a quien he fallado.  Repito la imagen de Adán y Eva que se esconden de Dios porque sienten vergüenza.  Pero reconciliarme me devuelve el perdón y la paz que he perdido.  Es experimentar sanar las heridas internas.  Expulsar lo que ha distorsionado lo mejor de mí y recuperar con ello la tranquilidad personal.14708_confesion

Por todo ello, busco la reconciliación.  Pido perdón y recupero la alegría que el pecado me había robado.

Trampas en la confesión

Apenas tengo pocos meses de haber sido ordenado sacerdote. Reconozco que tengo poca experiencia como confesor. Sin embargo, he podido notar ciertas trampas del mal espíritu para evitar o entorpecer una buena confesión. Veamos…

El primer resultado deseado por el maligno es evitar que la persona comparta su debilidad, su pecado, con otro hombre. Justificaciones, raciocinios, frases bien ensayadas como “yo le pido perdón directamente a Dios”. En el fondo son excusas de parte nuestra y tretas del mal.

Sin embargo si se han vencido estas trampas, en el momento de la confesión, he notado dos zancadillas particulares. La primera de ellas es la verguenza. A través de ella se da el brinco a la segunda trampa, el silencio. En el fondo, es acallar el pecado, silenciarlo. Evitar que salga del interior eso que está, literalmente, pudriéndose y pudriéndonos.

Y es que con el pecado sucede como cuando se está indigesto. Mientras no salga lo que está lastimando el interior, el malestar persistirá. La confesión, o reconciliación, nos ayuda a compartir nuestra debilidad para que Dios manifieste su grandeza en nosotros.

Al reconocer las trampas del mal espíritu, tenemos herramientas para combatirlas. Espero que al querer pedirle perdón al Señor por nuestros pecados, tengamos la posibilidad de alejarnos del enemigo y encontrarnos nuevamente con Dios, con su amor misericordioso.