Motivos para alegrarse. IIIdomAdv

Cuando viví en Nicaragua, me tocó visitar a una anciana en el hospital. Los médicos le daban muy poco tiempo de vida, pero no parecía importarle del todo. Después de compartir la unción de los enfermos, ella tomó mi rostro con sus manos y dijo: “¡Me siento muy feliz! Que usted esté acá me recuerda que Dios sigue pensando en mí”. Con un nudo en la garganta volví a casa cural. La señora no imaginó que sus palabras eran instrumento para darme alegría, en medio de una fuerte crisis en mi sacerdocio.

Ella tendría “razones válidas” para deprimirse, entristecerse y dejarse morir.  Sin embargo, en su corazón, débil por los años, había abundante vida. Había esperanza, había fe. Ella fue buena noticia para mí, que también tenía “razones” para hundirme.  Su corazón fue alegría, como un oasis que calma la sed en medio del desierto. La ternura de Dios la vi en sus ojos esa tarde. Me sentí un poco avergonzado por la preocupación que tenía, al conocer la difícil situación de ella y el ejemplar manejo que estaba haciendo. Son lecciones que no aprendemos en las aulas.

Y es que en medio de nuestras tormentas, corremos el riesgo de perder el rumbo.   Los diluvios existenciales, las nevadas emocionales amenazan el calor del interior.  Ahí es donde surge fuerte la palabra de Pablo: “estén siempre alegres…” (1Tes. 5,16). La alegría interior no se reduce a una sonrisa perpetua (que mal no cae), sino a una manera de mantener la paz en medio de toda circunstancia. Es como una forma de vivir el aguacero sin dejar la mitad de la vida en él. Cuidar la alegría, no dejar que se apague esa llama internamente.

La frase que le sigue es “oren constantemente” (1Tes. 5,17), es decir, lo que no tengo lo pido. ¿Me falta paciencia? ¿Me desespero? ¿Me agobio con facilidad? Una clave importante es saber pedir ayuda oportunamente.  Hablo con Dios, de amigo a amigo. Me desahogo. Establezco comunicación. Y me acojo también a mi confidente, ese amigo o familiar que tiene el suficiente cariño para escucharme. En medio de las dificultades una tentación común es el aislamiento.

La tercera invitación de Pablo es “en todo, den gracias de  corazón” (1Tes. 5,18). La alegría no cabe en un corazón ingrato.  Dar gracias es sonreír con el alma.  Quien comparte agradecimiento deja abonada la tierra para sembrar nuevamente. Ojalá empleáramos nuestra memoria para recordar las cosas buenas que hemos recibido y no para almacenar solamente heridas y resentimientos pasados. Agradecer es compartir de vuelta un poco de la bendición que llega a nuestra vida.

Estar siempre alegres, ser constantes en la oración y dar gracias de todo corazón son actitudes geniales para nuestro tiempo en general y para el adviento en particular. Ser buena noticia, vendar corazones desgarrados, generar libertad para quien se siente esclavizado, desbordar de gozo por el amor de Dios, son otras pistas que nos da Isaías para vivir auténticamente la fe.  Son motivos para alegrarse y motivos para dar alegría. La anciana del hospital compartió su alegría. Esa alegría es hoy para mí como un tatuaje en el corazón.

 

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