Consuelen. Hablen. Griten. (IIDomAdv)

PatchAdams_1920x1080_ENG_US_Still_HE_Clean_RGB_V1Con la fe sucede como con el agua. Si se encierra, si se estanca por mucho tiempo, tiende a perder su vitalidad. Lo que escuchamos en el templo no es para dejarlo guardado en el templo.  Vamos a la Iglesia a recargar nuestro corazón, para poder compartir lo que hemos recibido. De lo contrario, la fe se nos convierte en un ejercicio intimista (lejos de los demás) e espiritualista (Dios y yo, yo y Dios).  Creer no nos aleja de la realidad, sino que nos invita a trabajar en ella para mejorarla.

De hecho, es Dios mismo quien nos invita a recibir para compartir.  Moisés se encuentra con el Señor y es enviado a ayudar al pueblo. Pablo conoce a Jesús y no descansa hasta que otros le conozcan.  María embarazada no espera ser servida, sino que sale a ayudar a su prima que también espera un bebé.  Pertenecemos a un engranaje de servidores. Dios sigue trabajando a través de instrumentos y cuenta con nosotros. Creo que es mejor plantearlo como pregunta: ¿cuenta Dios con nosotros?

En el Adviento (el tiempo que nos sirve de preparación en la Iglesia Católica para la Natividad de Jesús), escuchamos la voz de Isaías, que invita a consolar al pueblo.  Ellos lo han perdido todo.  El profeta puede elegir entre llorar, lamentarse y unirse al sufrimiento, o bien, consolar, dar motivos para la esperanza en medio de la dificultad.  Hoy nos corresponde más o menos lo mismo. Tenemos muchos motivos para sentarnos y lamentarnos por lo mal que va el mundo. O podemos optar por ser instrumentos de fe, de alegría y de consuelo.

Hay que ser honestos. Unos nos escucharán, otros no. El profeta no duda en hablar, pero también invita a gritar, a alzar fuerte la voz. No se trata de tomar un altavoz en una plaza, precisamente. La cuestión es que nuestras acciones tengan eco. Dios sigue enviando mensajeros y hoy nos toca a nosotros.  Una sonrisa en medio del vértigo de cada día. Un saludo afectuoso que rompa la inercia de la rutina. Un detalle que derrita la enemistad declarada. Ser creyente se traduce al día a día o se difumina en la monotonía cotidiana.

Para el que quiera jugar ligas mayores hay muchas posibilidades. Alzar fuerte la voz es donar en silencio las vacaciones para servir como voluntario. Presupuestar una parte del aguinaldo para compartir con alguien que sé que está pasándolo mal.  Acercarme nuevamente a la persona que me hizo daño e intentar reparar el puente que se destruyó (sin buscar culpables ni condenas).  Consolar es amar. Mientras tantos se preocupan por adornar el exterior, la fe acompañada por las buenas obras da luz en nuestro interior. Luz que se contagia a otros.  Luz que da vida. Luz que prepara el camino a Jesús.

“Yo envío un mensajero delante de ti”, dice Dios. Ese mensajero soy yo. Ese mensajero eres tú. Preparar el camino es alistar el corazón. En medio de las compras, las ofertas, los ríos interminables de personas, busquemos lo que nos da realmente vida. Lo que nos alegra no por un momento, sino lo que nos aporta auténtica felicidad. Eso que no se logra comprar con dinero.  Esperamos que Dios nos encuentre en paz.